01 junio 2017

El mar no va de fiesta, por Daniela Malhue.





La primera vez que me fui de fiesta en Santiago, extrañé el sonido del mar al ir de vuelta a casa. Comprendí que no había reparado en su compañía hasta que dejó de estar ahí, omnipotente en medio de mis juergas costeras. Esperábamos una micro, mi amiga nueva y yo, y le pregunté que cómo lo hacían en Santiago para volver a casa y no sentir que el mundo se desplomaba bajo sus pies. Que cómo no extrañaban el sonido del mar, ahí en medio de la noche, cuando se supone que la ciudad se duerme y el silencio abre paso a las olas. La amiga nueva me subestimó, me dijo que era como todas las provincianas, que me curaba rápido y me ponía a hablar tonteras. Estoy hablando del mar, no es una tontera. Le di verguenza, se alejó hacia otro paradero. Yo me subí a una micro verde y me tapé los oídos para escuchar el mar, mientras afuera de la ventana pasaban los santiaguinos necesitados de sonidos falsos porque no tienen un oleaje que los acompañe al caminar. 


Daniela Malhue Urra

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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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