05 octubre 2015

En estas mañanas en que debiera trabajar




En estas mañanas en que debiera trabajar
me distraigo pensando en las frías orejas de los gatos
en cuánto falta para que caiga la teja del techo del vecino
o si la escalera puesta en el patio 
es acaso el verdadero pasaje hacia un cielo
completamente desconocido y secreto
tal vez debiera ir y subirla, corriendo por la noche en que yo elija perderme, 
sin frenos como casi todas las noches
en que me acuesto y las lágrimas que caminan hasta mis orejas 

producen en las sienes ciertos hormigueos que un gato jamás podrá sentir, 
porque sus orejas quedan más arriba de sus ojos y los pelos absorberían el agua inmediatamente
me acuesto tarde y sin remedio medito en lo tan inevitable,
cuesta arriba, mano armada, pasión desolada en la dificultad
también caminos tiene mi cama a causa de las posiciones que suelo adoptar para morir un rato
pero los saltos cortados por pesadillas tan sólo arrojan quejas de un colchón que nunca terminé de pagar
pelos de felinas obligadas a dormir en horarios no apropiados, manchas de tinta que parecen sangre adolescente que nunca se lavó
y así pasan las mañanas, tan rápido como me distraigo de algo que más que una torpeza es un absurdo:
organizar la simulación de un trabajo que desaparece al momento de efectuado, 

no como esos caminos de caracol que quedan marcados para siempre y como en ciertas noches, gotas deslizándose desde mis párpados hasta los pómulos, para terminar en un hueso externo de oreja que a veces las gatas lamen
cuando escuchan el gemido de esta cría distraída
que en las mañanas ya no consigue trabajar


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Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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