06 octubre 2017

Presentación Estética del tajo, por David Bustos.



¿Cómo se puede escribir desde regiones? ¿Cómo se puede escribir desde un puerto que es la otra cara de Valparaíso, sin ese aire turístico y patrimonial, sin una movida? ¿Cómo se puede escribir desde la desembocadura del Rio Maipo, desde Tejas Verdes, Barrancas, de Llo-Lleo?

Que esté presentando este libro por la editorial Pez Espiral hoy, es un testimonio que se puede escribir desde otro lado. Florencia Smiths es un ejemplo, o más bien su poesía.

Vivir en Santiago, es como vivir dentro de una carrera de caballos. Viví 40 años en esta ciudad, sé lo que digo, trabajé en la tv, otra gran carrera de caballos que no es tan distinta a la carrera literaria.

Si pensamos la emigración del campo a la ciudad, de las regiones a la capital como un fenómeno social, podemos detectar que el campo cultural no está inmune. Muchos insignes poetas hicieron esa operación y visibilizaron su trabajo, a muchos les fue muy bien, llegaron a ser ciudadanos del mundo.
Pero desde Claudio Bertoni en adelante, las cosas cambiaron, de París a Con Cón.

Este libro es un libro escrito en región, en San Antonio, y cuando digo esto quiero decir que es un libro que debe golpear puertas ¿qué tipo de puertas? Puertas de lectores de poesía, donde la relación con el lenguaje se define a partir de una palabra que viene a nuestro encuentro, que nos trastoca y nos alcanza.

La Estética del Tajo es un compendio de los tres trabajos anteriores de Florencia Smiths. El Margen del cuerpo (2008), La Ciudad No (2009) y La velocidad de la caída (2014).

Tres trabajos contundentes que tienen en común la intensidad y esa intensidad es gracias a un mundo y un lenguaje propio. ¿Cómo se puede tener un mundo y un lenguaje propio? No lo sé, pero lo que sí sé es que hay que tener: resistencia, coherencia y valentía. Un ejemplo de aquello es el poeta viñamarino Ennio Moltedo o Ximena Rivera. Se escribe fuera del poder, porque no se cree realmente que el poder exista fuera de la poesía. Se cree que el poder está en las palabras, en cómo las escoges y cómo eres capaz de respirar a través de ellas.

Smiths en 10 años armó un mundo, lo tradujo en palabras, en poemas, en libros.

Fragmentos en prosa poética, donde el corte de verso opera a modo de respiración. Un tipo de respiración que tiene el ritmo de la conversación al oído. Pienso que toda esta poesía es un mapa del oído. No se trata del oído del que escucha algo al pasar y rápidamente lo convierte en forma poética, como podría pensarse en la poesía popular o la antipoesía. Aquí el oído está vuelto hacia dentro, es una escucha silenciosa que se escucha decir.

Cito:

“Ya no le gusta oír el tiempo cayendo desde las extremidades de una casa infantil, ya no soporta la vicisitud de ser la que no se cuenta y por quien nadie dará un atisbo de carácter. Pero aún hay una sospecha preferida: los pájaros, el mar marchitando a las rocas, la lluvia golpear el guión de la calle, la música que elige para escuchar, y sobre todo, el ruido cortado que infunde el lápiz cada vez que se hace el margen.”

El mundo de Florencia es producto de una escucha interna. Sus principios son musicales, la melodía y melancolía de una batalla interior. La exterioridad es concebida sólo si es interna, si ha pasado o pagado el peaje de entrar en las condiciones de un espacio cuerpo, espacio mente, espacio memoria. Entonces el cuerpo se mueve, la mente se piensa, la memoria recuerda.

Todo esto tiene un inicio en la herida, en el duelo de la infancia. La pérdida del padre como elemento fundacional, donde la hija a partir de la violencia del asesinato decide hacer testimonio. Se introyecta el asesinato del padre, es decir se interioriza una relación y se instala asimismo, un objeto que sirve como referencia para la aprensión del objeto externo, teniendo esa doble facultad de ser sujeto y objeto para sí mismo.

Smiths no puede reparar esa primera y única crueldad que la invade, no desea hacerlo tampoco, ella acepta esa condición irreparable de la desaparición y escribe, como si esta fuera la manera de alcanzar lo perdido, como si esa conversación interna fuera la única forma de hacer que lo perdido permanezca activo.

Una dosis de gran profundidad se requiere para leer esta poética, no hay grandes teorías del lenguaje, aquí hay más bien una cuestión psicoanalítica, que nos habla finalmente del dolor y su huella.  Una simbolización dialéctica que opera en un tiempo no cronológico ni normado por consideraciones evolutivas.

Aceptar callarse para escribirse, para ser la consigna, desaforar al súper yo con su conducta censuradora y restauradora del orden, para fluir por los sitios inestables del yo, sin sofisticados mecanismos de defensa, ni distancia objetivadoras. La distancia en Brecht,  por ejemplo, una distancia de la comprensión y el control, que puede explicar el objeto. Smiths evita esa distancia o si la hay, sólo existe en cuanto momento articulado por las palabras. La distancia del testigo que desea estar cada vez más cerca de los hechos para poder tomar nota.

Cito

“Necesita tocarse y sentirse tocada por esas manos difuntas. Por esas uñas que ahora negras rasgan la arbitrariedad de la belleza. Pide reconocer el frío mortal que a su vientre le circunda, en esa soledad del margen que un día tu arrebato le inscribió como escritura.”

Entonces La Estética del tajo puede ser leída como una cartografía, como una carta, como huella. Una poética que sintoniza con otras voces esenciales de la poesía de mujeres como: Malú Urriola, Damaris Calderón, Verónica Jiménez, Ximena Rivera.

Es de esperar que los periodistas deportivos de la poesía chilena, tomen nota de este libro, que dejen de gritar los goles de las estrellas de turno. Que comiencen a leer cuando las luces del estadio se han apagado.

En un país en que la desigualdad y la concentración son dispositivos que permean también a piacere el campo cultural, en un país en que ser de región y mujer pareciera ser un doble castigo, La Estética del tajo es un libro ineludible; pasar por el lado sería faltar a la verdad, y eso es justamente lo que este libro no hace, está escrito a pesar de sí mismo, está escrito a contrapelo. Diez años de poesía que para algunos, pueden significar toda una vida.





David Bustos
Presentación en FLIA 
Feria del libro independiente y autogestionado
Centro Arte Alameda

*Texto publicado en PANIKO.CL

Presentación de Estética del tajo, por Cristóbal Gaete.



¿Cómo o por qué es editado este libro? Este libro es financiado por la Municipalidad de San Antonio, por este lugar. Existe, entonces, un profundo sentido de justicia en inaugurarlo acá, donde conocí a Florencia en discusiones sobre los pueblos abandonados y esta identidad a la que nunca ha renunciado. Pero más allá de lo técnico monetario, también esconde los devenires de la obra de Florencia Smiths, porque desde lo íntimo se abre a la ciudad y a la provincia. Pero a veces me pregunto, hasta cuándo sucederá que para que una poeta de verdad tenga que circular deba existir este tipo de financiamiento, la trampa que significa la edición independiente. Yo hice un adelanto gratuito del tercer libro inserto en Estética del tajo en Ediciones Perro de Puerto, en la edición más horrible que se podría imaginar, otros jamás lanzaron el libro. En fin, sacado esto de adentro, vamos a la obra.

Estética del tajo viene a compendiar la obra editada de Florencia Smiths, que por su mala circulación termina en pérdida. A dónde van los libros, casi como un limbo tan severo de lo no editado, peligrosa paradoja. Se abre con El Margen del cuerpo (2008), de concentrada escritura. Cada párrafo en cada página agranda el blanco disparando significados, mientras el texto funciona como una roca. En mi presentación, haré referencia a muchos otros textos escritos sobre Florencia, no voy a descubrir hoy acerca de lo que se ha escrito en una década. Puede ser entonces este aporte el más valioso de mi presencia acá. Vuelvo atrás, escribo: una roca, por lo inexpugnable, en tanto revela pocas cosas para armar una narratoría pública, asumiendo la ambigüedad propia de una obra de arte. Muchos de los textos que leí explicaban el concepto de margen y cuerpo, retrasando lo que se espera, abrir el libro, analizar su contenido. Lo primero que expone El Margen del cuerpo  es el peligro de la palabra, expone una reflexión sobre la construcción de sentido del oficio. ¿Qué se esconde en cada escritor? Un montón de basura que es utilería básica o la ficción de hacernos creer ello, como en la muerte de un animal que es trauma a la niña y es una obligada reflexión sobre la capacidad comunicativa. Extraviado en el giro que ofrece cada lectura, en este avance y retroceso de comprensión al que me somete, puedo solo apresar las luces en un campo minado, la referencia al derrumbe de las descripciones que significa la escisión a la eficacia -muy propia del capitalismo- de determinada escritura y en la ortopedia que es el lenguaje, se asume que no se puede escribir lo pensado, la referencia al pelo que nos vincula a Stella Díaz Varín o a V de Vendetta. V de Vendetta, en la anarquía que propone se esconde también una vida monacal, que es el hallazgo de la escritura, una forma escritural que limita las emociones casi en su totalidad. “Una perfección ilusa”[1] para el crítico José Ignacio Silva, que recrea este libro a partir de la niña: “La niña topa con el deseo de nombrar, topa con la otredad, con el tiempo y sus eventos perdidos, sufre por no haberlos significado con lenguaje”. Natalia Figueroa en tanto, una destacada poeta, lee el registro  “búsqueda de un lenguaje propio que siempre está más allá y desde cuyo seguimiento se intenta decir”[2]. Otra contemporánea, Gladys González, define la memoria de la niña como cicatriz[3]. Eugenia Brito, maestra, hace una genealogía literaria para explicarnos la construcción de obra, un campo referencial deliberadamente omitido en nuestra escritura y lectura endogámica y peninsular: Molloy, Sarduy, Eltit, pero amplía su fe en Smiths: “un territorio desde donde observar la operación de una escritura sombría y autocuestionante. Una escritura que intenta fundar los nombres de un mundo inquietante y paralizado”[4]. Malú Urriola, con quien decide dialogar desde el epígrafe, visibiliza la tensión: “Entre el decir y no decir se establece la tensión de la escritura. Entre el pensamiento y la boca un abismo de centímetros, un universo insondable. Pues, ellas, las palabras, habitan al borde de nombrarse”[5].

El segundo libro, La ciudad No (2009), ofrece otras cosas. Sale de la experiencia individual de un habitante en un mundo con códigos trastocados para abrirse a este territorio, vincularse a su dolor profundo de la dictadura, a partir de constituirse como médium del dolor de las demás. Dialoga entonces con las obras de Hernán Valdés y Roberto Bescós pero en otro signo, que esta vez comunica la intención de manera nítida pero no renuncia la complejidad estructural. Si ya existen libros de memoria y cada tanto se recuerda, ninguna escritura sobra porque la literatura porta vidas y muertes de otro modo, y si bien ciertas lógica del siglo XX la quiere pensar en sí misma es mucho más, y permite ser también memoria. Nunca me recuperé de la lectura de este libro, escojo un fragmento:

andando y marcando la ciudad / como la línea de una mano / de un mundo sin mapa / de un dibujo del plan hecho con tiza y sin pulso / que borró el paso que dimos / que pisamos por ahí sin mirar / y lo dijimos / tal vez aquí se descubrió / pero cuál será / dijimos / el lugar desde donde no se fundó / esta ciudad mi ciudad no se fundó / y la han calcado ya cientos de veces / y la han derribado otras / y la han construido y vuelto a mirar / y la han quemado y vendido y repartido por doquier / y la han nombrado / y la han delatado / y la han abierto porque estaba cerrada / porque era una ciudad compacta / como el cuerpo tenso y denso / de nuestros muertos

Halla, furiosa, encendida, una liberación a su escritura, un ritmo. Recuerdo quedar impactado ante su lectura pública, porque hay poemas que merecen la intensidad pública de esta, el biorritmo de Florencia que me hace verla no sola al leer, como si fuera un canto colectivo y detrás viniera tanto dolor. Genial es que por fin circule en una edición no facturada por ella, porque solo en este libro no hallamos tantas referencias, sino sólo la de Julieta Marchant, que con una cita de Helene Cixous nos abre una clave de lectoría de obra, más allá de La Ciudad No:

“[s]i la mujer siempre ha funcionado «en» el discurso del hombre, (…) ha llegado el momento de que disloque «en», de que lo haga estallar, le dé la vuelta y se apodere de él”. Esto es conocer sus mecanismos internos para darlos vuelta desde adentro, operando como un modo distinto, un nuevo acceso a los hilos delgados y siempre débiles de la palabra (…) En el caso de Smiths aquello es muy evidente”[6]. Agregaría a lo evidente que el lenguaje también es colonial, la idea de quiebre de este, toma sentido también en toda la obra, también, en otra dirección.

La velocidad de la caída (2015), el tercer libro, abre otro camino estético, de nuevo está la nitidez de la intención pero esta vez los versos tiene la posibilidad de extenderse por las líneas, detalle fundamental para una poeta que no dispone nada al azar, lo que parece vincularse también con su propia labor fabricando libros. Invierto el uso de las muletas, la escritura de otros; los dejo decir primero, porque lo hicieron primero pese a que yo leí antes. El poeta Raúl Hernández precisa: “En la obra de quién sabe e intuye que cada una de las palabras utilizadas son parte de una verdad incuestionable”[7]. Gladys González da en el clavo para incitar a una lectura urgente, de género: “La actuante es ética y estéticamente sublime, desde lo que se desprende del texto, sobrepasando conductualmente al violento hombre que interpela, a través del predominio de lo etéreo, la obediencia y la subordinación”[8]. Rodrigo Arroyo, editor del libro, apunta: “Mientras de fondo ronda en esta escritura la idea del suicidio, que así como en otros poetas, más allá de responder al cliché, se asocia a la disconformidad con una vida, o un sistema de vida que destruye en forma progresiva e implacable las sensibilidades más profundas, en otras palabras, se destruyen posibles acercamientos al lenguaje. “Aprendo a morir / a decir no escribiré”,  señala Florencia, del único modo en que podríamos pensarlo, es decir, escribiendo”[9]. Esto es otra idea que podría marcar la escritura de Smiths, el vínculo de una escritura como elemento de vida pese a la muerte que la rodea.  Creo, además, que marca una forma de habitabilidad viciada en la sociedad, que habla esta vez por la gente que vive consumida, en que el hogar es otra cárcel. Al conmover, cuestiona y obliga a nuestra propia revisión, dándole también un sentido moral a esta escritura que no quiere jugar pero sí subvertirse hasta de lo mismo que canta a cambio de la belleza.  Cito:

“Ella no aprende no sabe alejar la fiebre que aún le producen sus objetos pero si le ordenan que se someta o se sume ella preferiría sumirse podría atarse sola incluso o mitigarse mientras sepan destruirla con altura y estética suficiente”.

Estética del tajo es un devenir total de la obra, un estado de las cosas y cómo evolucionan. Si El Margen del cuerpo es críptico, La ciudad No es más nítida,  y La velocidad de la caída explota en partes, comunica con rabia punk. El discurso ofrece mayores luces de entendimiento y a la vez de gozo lector, puede ser este libro camino para volver a la forma. De eso también se trata el decir, de definir un camino para hacerlo y este crecimiento que podemos ver en las páginas, en las que extraño poemas sueltos que encontré en esta revisión de referencias, las muletas de este texto, fundamentales para el movimiento de la obra, porque en un país desgraciado con los escritores solo nos tenemos a nosotros mismos y siempre es conmovedora una escritura desinteresada, y a la vez que entrega un lugar donde caer y husmear antes de definir o adquirir, más desde la invisibilización patriarcal y provincial. No hay nadie solo, cuando pude reseñar el catálogo de Economías de guerra en El Ciudadano, hace años, dije que la escritura de Smiths era una forma hermanable con otras poéticas de mujeres en Chile. A veces pienso que Florencia Smiths, este alias, existe en tanto existen los maestros y los compañeros y compañeras, y me parece suficiente.




Cristóbal Gaete
Espacio Cultural de Llolleo
San Antonio, 6 mayo de 2017. 



[1] http://www.lacallepassy061.cl/2009/10/el-margen-del-cuerpo-de-florencia.html
[2] Ibíd.
[3] http://elmargendelcuerpo.blogspot.cl/2009/08/sobre-el-margen-del-cuerpo-por-gladys.html
[4] http://elmargendelcuerpo.blogspot.cl/2009/02/el-margen-del-cuerpo-por-eugenia-brito.html?m=0
[5] http://elmargendelcuerpo.blogspot.cl/2009/02/presentaciones-del-libro.html
[6] http://www.lacallepassy061.cl/2010/02/florencia-smiths-el-sujeto-en.html
[7] http://raulhernandezblog.blogspot.cl/2015/06/presentacion-de-la-velocidad-de-la.html
[8] http://florenciasmiths.blogspot.cl/2013/08/presentacion-la-velocidad-de-la-caida.html
[9] http://florenciasmiths.blogspot.cl/2015/03/presentacion-de-rodrigo-arroyo-sobre-la.html

20 julio 2017

Estética del tajo, lanzamiento Santiago.



Lanzaremos Estética del tajo, por Libros del Pez Espiral, en la FLIA (Feria del libro independiente y autogestionado), que se desarrolla el 21, 22 y 23 de julio en el CENTRO de ARTE ALAMEDA

Esto será el día SÁBADO 22 JULIO a las 16,00 Hrs. 

Por motivos de fuerza mayor no podrá ser presentado por Rodrigo Olavarría, por lo que 
se sumará la poeta y editora Julieta Marchant, junto al poeta y guionista David Bustos. 

Tendremos sorpresas y lecturas. 

LXS ESPERO!!! 

01 junio 2017

El mar no va de fiesta, por Daniela Malhue.





La primera vez que me fui de fiesta en Santiago, extrañé el sonido del mar al ir de vuelta a casa. Comprendí que no había reparado en su compañía hasta que dejó de estar ahí, omnipotente en medio de mis juergas costeras. Esperábamos una micro, mi amiga nueva y yo, y le pregunté que cómo lo hacían en Santiago para volver a casa y no sentir que el mundo se desplomaba bajo sus pies. Que cómo no extrañaban el sonido del mar, ahí en medio de la noche, cuando se supone que la ciudad se duerme y el silencio abre paso a las olas. La amiga nueva me subestimó, me dijo que era como todas las provincianas, que me curaba rápido y me ponía a hablar tonteras. Estoy hablando del mar, no es una tontera. Le di verguenza, se alejó hacia otro paradero. Yo me subí a una micro verde y me tapé los oídos para escuchar el mar, mientras afuera de la ventana pasaban los santiaguinos necesitados de sonidos falsos porque no tienen un oleaje que los acompañe al caminar. 


Daniela Malhue Urra

28 abril 2017

Este territorio.


El poeta y guionista David Bustos me entrevistó para el blog local ALGARROBO AL DÍA, pero luego esa entrevista se transformó en esta nota sobre infancia, escritura y territorio. 
Agradecida de poder contar más sobre Esta ciudad No. 

La nota está ACÁ. 

 

13 abril 2016

Pavane pour un enfant défunt. L. M. Panero



LUZ DE TUMBA


"La vie despend de la volonté d'autry, la mort, de la nostre". 
Montaigne


PAVANE POUR UN ENFANT DÉFUNT 

A mi tía Margot
 
 

Se diría que estás aún en la balaustrada del balcón

mirando a nadie, llorando.
Se diría que eres aún visto como siempre
que eres aún en la tierra un niño difunto. 
Se diría, se arriesga
el poema por alguien
como un disparo de pistola, 
en la noche, en la noche sembrada
de ojos desiertos, de ojos solos
de monstruos. Todos nosotros somos
niños muertos, clavados a la balaustrada como por encanto,
como sólo saben esperar los muertos.
Se diría que has muerto y eres alguien por fin,
un retrato en la pared de los muertos, 
un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.
Pero a nadie le importan los niños, los muertos, 
a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos, 
y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos, abrir los ojos hoy,
mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes, héroes en los ojos
de un cine desesperado, y los dioses que matan a los hombres feroces,
los dioses más feroces que los hombres
los dioses crueles de la infancia,los dioses
de la inocente crueldad, pensabas, que se alimentan de ciegos
y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,
si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,
más que por alguien, para alguien, como un poema,
como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello por lo que no hay infancia en ese país desierto. Por ello también
por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,
y esa mudez en los ojos, esa belleza
sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.
Pero la vida sigue y te arrastras como ella,
la vida sigue como el puente de Eliot, 
como un puente de muertos o un flujo
de sombras que se cogen
de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y 
viven. Esa vida de que hablan
en el Infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos, 
los orgullosos sonámbulos disputando con sangre
una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.
Una basta tragedia que hacen
por navidades, los viejecitos, los difuntos,
con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,
rótulos de néon y fuegos fatuos: así obra desde entonces, 
desde entonces, esa raza
misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,
desde entonces, desde el día primero
en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,
desde que no hay tiempo sin destino y trazo
de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte. 
Quien es visto o quien cae en ese río sordo
es lo mismo, es un muerto
que se levanta día tras día para
mendigar la mirada. 
Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando, 
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños.



Leopoldo María Panero

06 marzo 2016

Encuentro de las Letras en Lolol

El 23 de enero anduve en el 8vo Encuentro de las Letras 
del Valle de Lolol. 
Agradezco a Aldo González por la invitación. 
Pude compartir con Julieta Marchant, Nicolás Labarca, Sol Dugatkin, Gabriela Giudici, Valentina Marinkovic, Joaquín Labra, Marcela Calvo, Diego Alfaro y las hermosas canciones en décimas de Rocío Gómez. 
¡¡Gracias por la hospitalidad y la poquita lluvia de esa noche!!

 

14 enero 2016

La velocidad de la caída en Cartagena.


Este lunes 18 de enero, 2016, estaré leyendo/presentando 
La velocidad de la caída en la FERIA DEL LIBRO Y LAS ARTES DE CARTAGENA, en plena plaza de la ciudad. 
Es a las 19,00 hrs. 

Todxs invitadxs a Cartagena La bella

Poe-mar, Isla Negra.

Sábado 16 enero, 2016
Estaré leyendo y conversando sobre mi poesía en LA CAVA DE PABLO, en ISLA NEGRA, con mis queridos vecinos del Litoral Central. 
Además, habrá música y alcohol. 
 
Nos vemos allá.

08 noviembre 2015

22 octubre 2015

No tengo ambiciones




No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía. 
Es mi manera de estar solo. 

Alberto Caeiro

05 octubre 2015

En estas mañanas en que debiera trabajar




En estas mañanas en que debiera trabajar
me distraigo pensando en las frías orejas de los gatos
en cuánto falta para que caiga la teja del techo del vecino
o si la escalera puesta en el patio 
es acaso el verdadero pasaje hacia un cielo
completamente desconocido y secreto
tal vez debiera ir y subirla, corriendo por la noche en que yo elija perderme, 
sin frenos como casi todas las noches
en que me acuesto y las lágrimas que caminan hasta mis orejas 

producen en las sienes ciertos hormigueos que un gato jamás podrá sentir, 
porque sus orejas quedan más arriba de sus ojos y los pelos absorberían el agua inmediatamente
me acuesto tarde y sin remedio medito en lo tan inevitable,
cuesta arriba, mano armada, pasión desolada en la dificultad
también caminos tiene mi cama a causa de las posiciones que suelo adoptar para morir un rato
pero los saltos cortados por pesadillas tan sólo arrojan quejas de un colchón que nunca terminé de pagar
pelos de felinas obligadas a dormir en horarios no apropiados, manchas de tinta que parecen sangre adolescente que nunca se lavó
y así pasan las mañanas, tan rápido como me distraigo de algo que más que una torpeza es un absurdo:
organizar la simulación de un trabajo que desaparece al momento de efectuado, 

no como esos caminos de caracol que quedan marcados para siempre y como en ciertas noches, gotas deslizándose desde mis párpados hasta los pómulos, para terminar en un hueso externo de oreja que a veces las gatas lamen
cuando escuchan el gemido de esta cría distraída
que en las mañanas ya no consigue trabajar


15 septiembre 2015

Una mirada a La velocidad de la caída, por Soledad Fariña.

Fotografía de Ismael Velásquez Juárez


¿De qué caída nos habla esta voz?  ¿Caída metafísica, o un descendimiento? Pronto nos damos cuenta que la aceleración o retardo será otorgado no solo por el ritmo, sino por las palabras  o la enunciación de su carencia.

No es fácil asirse a  “algo” en  caída que es vértigo y demora,  que es tiempo transmitido a un espacio de mirada y asfixia.

Un cuerpo se mira en su descenso, una cabeza piensa y articula en palabras el ritmo de su desmembramiento.

El cuerpo está presente y hay que deletrearlo en sus carnes –tibias y crudas-, en su hedor, en su herida.

Hay daño en la caída hacia la fosa y hay nombre en ese daño, las partes se llaman Muñeca, Brazo, el cuerpo mismo alarga el tiempo, se desdobla y mientras cae teje la red que aminora suaviza la caída, pero esa red se llama atracción por la fosa,  por lo antiguo del pozo,  melancolía y odio apretado en lengua sibilina que contiene, que se traga pero ¿por qué se nombra barco-lodo-llaga-grieta?

Se enuncia este cuerpo desarmado que ha perdido el habla en la caída, por eso llora y baila añorando lo antiguo: las pestañas, el exceso de rimmel,  roja la boca roja, blanca la cara blanca ¿Hay otra en ella, que atestigua, que la enuncia? No es probable.

Hay otro: un “huésped resignado” que se adhiere, mientras el cuerpo-mente deambula en su mudez. Añora su habla. El poder de la lengua.  El duelo es mudo, es gesto. El papel de la boca ahora es la mudez.

El tiempo dura, continúa. No podemos calcular, -sino por las palabras, por su espesor- la velocidad de esta caída, a veces lenta, reflexiva; a veces dardo, incisiva, letal. Lo alto y lo profundo.

La casa-cuerpo ya no como refugio. La casa  se abre y se recorre en sus falencias, la carne se abre, la garganta, los nervios, la voz al descubierto.  Esta casa no es. Esta casa no tiene.

No hay tragedia, hay cotidiano, por eso: fruta podrida que resta, permanece, nadie consume, nadie habla. La casa vacía, vaciada, metáfora de caos. El tiempo de carencia, tiempo de grafía La pierna cortada/ Cuchillo quebrado / martillo enterrado

¿De qué está hecha esta hablante mente-cuerpo que cae aferrándose a las palabras que quedan después de la mudez? Está hecha de carne? de ceniza? de carbón? de grafito?

A falta de palabras quiere nombrar la casa-caos con partes de su cuerpo. Inutilidad de las palabras: “de qué están hechas las palabras que dice/Y por qué las dice”,  se pregunta en una mínima  detención de su caída.

Pero ella escribe y hay tiempo acumulado en el relato.

No hay huida, no hay muerte, hay vida que acontece, memoria que se escapa, fotografías y la pregunta “dónde o cuándo comenzó esta historia/de casa abandonada…”

Llegar, tocar el fondo, el suelo; resignación, mutismo, palabras en rezago (aglutinadas, dirá).

Después de la rotura, el descalabro, graficar, escribir lo aprendido:
Morir  ¿lo mismo que  morar?, o, al revés, morar ¿lo mismo que morir?

Pero ella escribe.



Soledad Fariña
Mirasol, Agosto 2015
Publicado en Letras.s5

07 julio 2015

Presentación de Raúl Hernández a La velocidad de la caída.



Cada poema es una lucha, un lugar en donde nos jugamos la vida, en donde las preguntas se pierden en la noche y se escapan con las estrellas que caen como este libro y su velocidad. Con el vértigo, con la altura de nuestras miradas. Y quedan llagas, quedan grietas visibles ante cada lectura, cada instante en el que nos situamos en esta caída. Una caída que sucede en un hogar que prevalece en los momentos idos y venideros. Un hogar que sirve como escenario de amplitud, como sitio del suceso.

La soledad y el despliegue de los íntimos alaridos van dando forma a un escenario oscuro que palpita en cada esquina de esta casa, en donde todo lo que se escribe mira hacia adentro. Hacia dentro de una voz que habita un espacio visible como una habitación que se describe con los pasos de quien no busca una salida, sino que encuentra la verdad en el simple hábito de describirse, de anotarse, de mirarse al espejo.

Esta caída habla entonces de ese tramo intenso que pareciera breve pero que se alarga y se vuelve insostenible. Caer se hace inevitable, y en esa aventura del derrumbe es que nace cada poema cincelado como pilares de un espacio protegido ante tal desenlace. La caída se describe y nos involucra en este proceso descendiente llevándonos de la mano hacia el resultado de todo este momento.

Es así como Florencia Smiths nos muestra en “La velocidad de la caída” un trabajo minucioso y acabado en un trance que se vuelve genuino junto al desgarro y en la contradictoria esencia del hogar que se vuelve escenario de esta escapatoria. Y esta búsqueda la encontramos en su constante decirse y mirarse, en las palabras y los objetos cotidianos, todo reunido para envolver un instante que sólo puede entregar un desenlace al describirlo, al tocarlo y hacerlo propio. Un corazón en la mano a la cual la autora le habla.

De este modo, al leer cada uno de los poemas de este libro, nos adentramos a esa esquina sombría de los lugares que muchas veces intentamos evitar, pero que están ahí, en la memoria, en las grietas y en las heridas. Sanar de todo esto no pareciera ser una premisa posible pues en el tránsito de cada instante descrito, se vive y se escribe, se debilita y se fortalecen los movimientos en la obra de quien sabe e intuye que cada una de las palabras utilizadas son parte de una verdad incuestionable, una insustituible realidad que ha querido ser este libro brilloso en su oscuridad. Brillante en su nocturno acontecer.

“La velocidad de la caída” de Florencia Smiths es una obra que camina por la vereda de la fractura y sus consecuencias, del dolerse y mirarse en cada uno de los días y que, al mismo tiempo, trasciende en una búsqueda intensa que nos acerca a la estética de un mundo privado. Un mundo en donde el hábito de “anotarse” es una ventana posible hacia un nuevo lugar en donde abrigarse y mirar desde lejos los precipicios.



Raúl Hernández
Presentación en Espacio Estravagario, Stgo. de Chile.
Junio, 2015

07 abril 2015

De: Casa de reposo. Ximena Rivera.


I


Los dolores se suceden y se repiten  en Pompeya con una monotonía abisal.
Te diré que llegar aquí es difícil, hay una suerte de tiranía en el acceso. No sé cómo lo hice, las coordenadas cardinales y geográficas no las sé, pero sé el camino, cómo me conduje aquí.
Llegas a una especie de avenida, y a la gente de ese lugar le fluye algo por los ojos que no logro definir.
Lo que fluye no es una luz blanca, ni fluye un alma fuera en esos ojos: si al menos fuera un esbozo de sonrisa, no me daría ahora escalofríos el pasto que se quema en los inviernos, aquí.
La verdad de lo que fluye en este lugar es más bien la imagen de una boca, una boca desdentada que te besa, te da terror y te sostiene.


***


¿Por qué los ancianos y los enfermos son una carga hoy para nosotros? Algo que no nos interesa, que no es asunto nuestro.
Los niños son también una dificultad, pero de otra factura, ya que sabemos que son la carne fresca que llevará nuestro pasado marcado a fuego en la memoria.
No sé cómo llegamos a esto, pero un poeta comentaba que no sabía de dónde venía la tristeza, y le preguntaba a un dios natural por ella.
Para mí la tristeza viene de Pompeya, y es una tristeza indiferente, como un amante estático con un cuerpo inerte y una sonrisa sub urbana.


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La casa es de madera, es más bien una hilera de medias aguas en un sitio rodeado de palos con enredaderas que ficcionan una reja. El dinero es importante aquí, lo percibo por sus necesidades, y la gente me parece buena.
En el umbral de la pequeña sala no sé si sigo viva, nadie me contiene en su memoria, por lo cual hago un trato ventajoso –y por otra parte, el pacto lo hago con mi corazón y  mi memoria.
Un detalle perturbador: ellos creían que iba a dejar ahí a alguien enfermo o anciano de mi familia. Luego, reflexioné que ni siquiera a mi padre dejaría en este lugar, ya que busqué el último rincón en el que yo podría quedarme.
Y me di cuenta que la casa de reposo, literalmente, es una barraca militar en el vacío: horarios, deberes, esperas y abusos.
Ya me busqué un lugar que representara una madre maligna, una madre abusadora desde el primer día, para poder vivir.
¿Lo crees?
Luego, en mis noches de insomnio, crecía y crecía la percepción de que había un dios en aquella casa, que me seducía pobremente a pasar ese umbral.
No pretendo que este escrito te guste, pero en esta casa, te guste o no, se anuda Chile y nuestro destino –con su dios feo, ese dios de tantos chilenos–, que me grita en este instante: «entra, te quedarás».


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En esta casa hay algo simétrico, algo pendular: si te mueves un poco hacia la izquierda, alguien se mueve a la derecha.
Es algo inconsciente, sabes, casi un reflejo. Somos enfermos, claro: estamos imposibilitados de recordar nuestro origen con claridad, y lo que queda como residuo es dejarse llevar por este espacio, y de múltiples maneras cumplir con los horarios.
Yo, por mi parte, tengo la noción de que recordando tendré un poco de sanía, pero recordar siempre ha sido decir la verdad, y no creo que seamos capaces de nombrarla. Si tan sólo esta gente, estos extraños cantaran, pero no, sólo miramos el vacío.
Si sólo existiera aquí un pasajero que trajera un vislumbre, un recuerdo vivo a este lugar, habría esperanza, pero no.
Sólo tenemos aquí la parodia del amor, la parodia de ese caos tan deseado, de esa angustia feliz, como un universo en su plenitud, que nos lleva a un frenesí anclado a un orden.
Pero basta, basta de todo esto. Estoy lejos de toda armonía, de toda serenidad aquí en Pompeya. Siempre vuelvo los ojos en torno mío, y he sentido ahora una monstruosa, una indescifrable apariencia, rodeada, sitiada por otras apariencias, tan incomprensibles: todo tan feroz, tan desgraciado, quizá como yo misma.


III


A la manera de Antonin Artaud, soy una imbécil, porque mi pensamiento es estrecho y corto: mi pensamiento no sucede. Acá hay horarios de visita. Se rompe la monotonía, pero en la casa no sabemos si esta ruptura es algo positivo o negativo. Por ejemplo, me visitan chicos de alguna comunidad cristiana que sólo tienen una imposición de venir, por compasión a la casa de reposo. Pero yo entrego una imposición con respecto a mi pensamiento, por lo cual, sólo alcanzan a ver una especie de espejismo. Y frente a eso, se ponen a pensar en esta imposición, como si todo esto significara la señal de una experiencia privilegiada aquí.
Mi yo se desgaja como un panecillo en la mesa donde ellos comen. ¿Habrán pensado alguna vez por qué no bebo agua en esta mesa?
No estoy triste, no se confundan: yo soy una imbécil y lama fama me encarcela.
Pero pasa que ustedes perciben no sé qué debilidad, no sé qué amorfía en esta aseveración. Debilidad mi ansia de concordancia, mi hipócrita necesidad de ustedes, cuando les represento la angustia y corro a pedirles piedad por las calles.
Por supuesto, ustedes se conocen a sí mismos, claro. Pero yo velo lo que hacen. Es más, todos acá vemos muy bien lo que hacen. Les pregunto, entonces: ¿es que así se acaba la poesía, el lenguaje, los diálogos?
Por otro lado, ellos observan mi cuerpo, mi ajado cuerpo, miran mis ojos, piensan en mí.
¿Piensan en mí? ¿En mí?
Y creen que éste es su privilegio.
Se apropian del privilegio como lo haría un sacerdote o un zapatero. Yo, que hablaba de zapatos frente a ellos, para que ocuparan la palabra privilegio como una prostituta o una verdulera que diera un juicio sobre la realidad, ya que ellos ocupan todo su quehacer verbal para no salir nunca del círculo del verbo.
En esto percibo una sombría sombra que avanza. Me agobian, tanto como yo los agobio a ellos.
Pero me pregunto: ¿qué ven cuando me ven?
¿Ven acaso el desequilibrio, este aplanamiento, estas ausencias, este hundimiento en la realidad? Me pregunto:
¿Qué ven cuando me ven?



Fragmentos de Casa de Reposo, 2013.
Fotografía de Raúl Goycoolea, proyecto 
Sin embargo, lo femenino está en otra parte, siempre ha estado en otra parte: ahí está el secreto de su fuerza. Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa.

Jean Baudrillard

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